LEER: Desde los que hacemos posible Todos los Nombres de Porcuna, quisiéramos pedir disculpas a todas aquellas personas que se han puesto en contacto con nosotros a través de e-mail o facebook solicitando información sobre sus familiares, y que a día de hoy no les hemos contestado. Creo que son unas 25 peticiones las que tenemos sin atender, pero es que los medios de los que disponemos son escasos y el trabajo se nos acumula.

Gracias por vuestra paciencia, y esperemos contestar a vuestras peticiones lo antes posible.


- El monumento a la intolerancia y al fascismo se renueva en Porcuna (Jaén)
- El monumento a los "Caídos" sufre una gamberrada.
- Por la retirada de nombres y símbolos franquistas de Porcuna.
- Calles relacionadas con el franquismo y su exaltación en Porcuna
- La peculiar memoria histórica en Porcuna.
Mostrando entradas con la etiqueta fusilado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fusilado. Mostrar todas las entradas

lunes, 9 de julio de 2012

Cartas desde la cárcel: "En capilla". 3ª entrega.

Juan Pérez Zumaquero rodeado de compañeros de armas
Juan Pérez Zumaquero (primero por la derecha) junto a otros compeñeros de armas


 A Juan Pérez Montilla, hijo de Juan Pérez Zumaquero, asesinado,  
por su lucha infatigable contra la desmemoria.

"Estoy deshecho Ana esposa del alma, muero como los hombres solo, con mi corazón en vosotros, en ti, mi hijo que no ha podido conocer a su padre, en mis padres de mi alma, esos viejos queridos que tanto han trabajado por mí".

A Juan Pérez Zumaquero lo detuvieron en Valencia junto a su gran amigo, Rogelio Gómez Díaz, "Cómpeta", un 9 de abril de 1939. Los dos habían desistido ya de abandonar España por Francia, los dos sabían que su futuro era incierto. Los dos fueron detenidos por un agente afecto a la Comisaría del Cuarto Sector de la Columna de Orden y Policía de Valencia. Los dos sabían quién los detenía, lo conocían bien, demasiado bien. De hecho había sido compañero suyo en las juventudes socialistas, pero la guerra, salvar el cuello y hacer méritos en el nuevo régimen, impulsó al agente, paisano suyo, de Porcuna, a detenerlos. Él sabía quiénes eran, dos "piezas" de masiado golosas para dejarlas escapar en algún barco o camino de Francia. Juan había sido secretario de la Agrupación Socialista de Porcuna; presidente de las Juventudes Socialistas y articulista en el diario provincial socialista "Democracia". Desde allí hostigó, con su pluma, el régimen caciquil, la subyugación en la que vivía la clase obrare porcunense. Rogelio, comisario político durante la contienda, había ostentado las responsabilidades más altas dentro de Izquierda Republicana, perteneciendo al Comité Local del Frente Popular, siendo el encargado directo del abastecimiento a la población civil después del golpe de estado. Los dos serían trasladados a la prisión provincial de Jaén, los dos serían juzgados, aunque el destino fue distinto para cada uno. A ninguno de los dos se les aplicó el "habeas corpus". Juan Pérez fue juzgado el 17 de abril de 1940 en Jaén, en un juicio a todas luces ilegal. Fue condenado a la última pena por un delito de adhesión a la rebelión militar. ¡Qué hipocresía ¿no?!. Los verdugos se alzan en armas contra el gobierno legítimo de la República, y los defensores de ésta son juzgados por rebelión militar. El 11 de octubre de 1940, "el Jefe del Estado se da por enterado" (sic) de la pena impuesta dando su visto bueno, ratificándolo el Auditor de Guerra en Córdoba. ¡La suerte estaba echada!, ¡el reloj comenzó la cuenta atrás!. ¡No habría clemencia, ni Juan Pérez la solicitó!. Sabía perfectamente porqué moría, conocía a sus asesinos, aquellos a los que había combatido desde siempre, primero con la pluma y después con la espada que ellos le arrojaron en las manos cuando se alzaron en armas. Moriría como un hombre libre, mirando fíjamente a su pelotón de fusileros. No se arrepentía de nada, salvo de dejar viuda y un hijo que había nacido pocos meses antes. Sabía que dejaba a su familia cuando más necesitaban de su ayuda, de sus brazos, de su mísero jornal, si es que conseguía alguno. ¡Habían perdido la guerra!, todo volvería a ser como antes de la República fenecida; pero a él además le quitaban también la vida, lo alejaban de los suyos. ¡Lo sabía!.
Dibujo de su esposa Ana
A Juan Pérez le comunicaron la sentencia de muerte ese mismo 11 de octubre de 1940. Pasó al pabellón de los condenados a la última pena en la prisión provincial de Jaén. Aislado del resto de los reclusos comenzó a compartir los últimos días de su vida con sus compañeros de destino, aquellos que lo acompañarían hasta el cementerio de San Eufrasio. Encerrado entre cuatro paredes, Juan solo pensaba en su hijo, en su pequeño retoño al que solo había abrazado una vez. Pensaba en su esposa, Ana, en sus pobres padres y en el resto de su familia, que tanto habían hecho por aquella pareja que se casó en Torredonjimeno en el año 1937. A Juan le quedaban pocos días, pocas horas de vida. Lo sabía, era consciente. Se preguntaba una y otra vez qué había hecho para estar en esa situación. Lo sabía. Sabía que habían perdido la guerra; que su crimen sería político, por ideas. Sabía por los cerrojos de las celdas que todas las madrugadas se llevaban un puñado de hombres al matadero. Era consciente de que iba a morir. ¿Qué hacer para impedirlo?. ¡Nada!, no había vuelta atrás. Si no eran las balas, sería el hambre o las enfermedades del presidio. Sabía, que aunque le conmutasen la pena capital, no se libraría de la pena de inferior grado, los 30 años, cinco como mínimo de trabajos forzados en alguna mina del norte, o fortificando los alrededores de Gibraltar. 

Pensativo, taciturno, solo le quedó escribir en aquellas horrendas tarjetas postales patrióticas. Quería despedirse de todo el mundo, ¡quería dejarle claro a su hijito que él había sido un hombre bueno, que no creyese nada de lo que le dejisen!. Él había luchado toda la vida por un mundo más justo, nunca luchó por él, sino por todos por igual. ¡Papel, lápiz, tabaco!. Necesitaba los tres ingredientes para seguir escribiendo, para no escuchar los lamentos de sus compañeros de celda. Sí, quería derribar los muros con su lápiz, ¡aún se sentía fuerte con su pluma!, aprovechaba todos lo rincones de la postal, incluso el sobre estaba garabateado en todas las direcciones posibles. Dibujó a su compañera, a la madre de su hijito. ¡No!, no podía olvidarla, quería recordarla siempre, aunque estuviese entre cuatro muros. A veces se despertaba en la penumbra de la noche, se creía libre, como si todo hubiese sido un mal sueño. ¡No podía ser verdad lo que estaba viviendo!. Aquello era inhumano, injusto, despreciable. No lo quería comprender, no podía racionalizar las matanzas que se llevaban de noche en las tapias del cementerio. No quería creerlo, aquello debía ser una horrenda pesadilla. Finalmente quedó de nuevo dormido.

Su última noche la pasó en vela, hacía frio y estaba hambriento. Sacó la punta de un lápiz, y un trozo de papel de estraza que guardaba como un tesoro en el bolsillo y meditó sus últimas palabras. No quería olvidarse de nadie. A sus 29 años, con una sobriedad pasmosa, delante de un jirón de papel se puso a escribir: 


En capilla, 30 de diciembre de 1940 (Prisión Provincial de Jaén)

Querida esposa e hijito. Os escribo mi última carta ya que al amanecer de este día muero y no os vuelvo a ver más, y quiero Ana, esposa mía, recomendarte que seas buena con nuestro hijo y le cuides y lo eduques con el cariño de una buena madre como tú eres.

Recuérdale a mi hijo el nombre de su padre muchas veces si por azar de la vida llegas a casarte con otro hombre. Sólo te deseo que seas más feliz que has sido conmigo.


Yo, esposa mía te quise hacer feliz, pero las circunstancias de la vida te han hecho una desgraciada. Yo te pido en los últimos momentos de mi vida que me perdones si algún mal te hice en el tiempo que te he conocido.

Tengo y muero con la confianza de que serás buena madre para nuestro hijo.

También te ruego que hagas todo lo que puedas, por mis pobres padres que quedan en el mayor desamparo y viejos. Tened ánimo y vivir vosotros que yo ya nada puedo. Estoy deshecho Ana esposa del alma, muero como los hombres solo, con mi corazón en vosotros, en ti, mi hijo que no ha podido conocer a su padre, en mis padres de mi alma, esos viejos queridos que tanto han trabajado por mi. Pienso en ti Josefa, Juan, Juan Manuel, su esposa, en ti Agustina. Besos a todos. Josefa quiere mucho a mi hijo, es un huérfano... María Encarnación su yerno le desea salud y le manda sus últimos besos. A mi hijo del alma muchos besos muchos. Tú, querida esposa viuda desgraciada recibe los últimos besos de tu esposo que no te olvidó nunca.

Juan
Siendo 30 del 12 de 1940

Última carta de Juan Pérez Zumaquero antes de ser asesinado

A las 7 de la mañana se presentó el páter de la prisión en su celda. Poco antes le habían comunicado la hora de la ejecución. "¡Firme aquí!, donde pone digilencia de notificación", balbuceó el secretario del juzgado. Juan se negó, fue su último acto de rebeldía ante sus asesinos. Tampoco aceptó los últimos sacramentos del cura de la prisión. "¡Habrá mayor hipocresía que confesarte primero, paro luego darte en el paredón la extremaunción!", -pensó-. Se abrió el portillo de su celda. Delante de él había otros compañeros de destino. A las 7,30 de la madrugada, en un camión sin luces, llegaron al cementerio de San Eufrasio. El primer fusilamiento se había realizado a las 7,00 de la mañana. Aún no habían enterrado los cuerpos de los veinte compañeros asesinados, que informes, se amontonaban junto a la fosa. Ahora les toca a ellos, a los veintiún restantes que conforman la cuerda de condenados de aquel macabro amanecer. En ella está Bernardino Casado, Francisco Madero, Benito Moreno y Dionisio Siles, todos vecinos de Porcuna. 

Cuarentaiún inocentes fueron fusilados en las tapias de San Eufrasio (Jaén) aquél fatídico 30 de diciembre de 1940, y sepultados en la fosa 702, la tumba más ominosa de toda la provincia de Jaén.

Descansa en paz Juan.


Fuente:  
- Fotografías y carta de Juan Pérez Montilla, al que agradecemos enormemente su autorización para ser publicadas.

Apartado de correos nº 47-23790. Porcuna (Jaén)


Regala un libro para escribir otro.
 
 El Ejército Popular de la República

lunes, 25 de junio de 2012

Rafael Higuera Reina, torturado y fusilado

La Sra. de Casares Quiroga en un Hospital de Sangre del frente Madrid. Estampa, 23.08.1936




El 13 de marzo de 1940, a las 7,00 de la mañana, cuando la ciudad de Jaén comenzaba a desperezarse, caía el cuerpo sin vida de Rafael Higuera Reina  tras una fuerte descarga cerrada de fusilería. No fue el único en ser asesinado en ese triste amanecer. Once jiennenses más, un industrial, un alpargatero, un albañil, un perito, dos agricultores, un campesino, un comerciante, un sastre, un maestro de taller y un corredor de aceites, cayeron maniatados cerca de la fosa 702 del cementerio de San Eufrasio, lugar donde yacen la mayoría de nuestros seres queridos masacrados por el fascismo más genocida que haya conocido España. Pocos días antes, un seis de febrero de aquel año, en las mismas tapias, con los mismos verdugos, fueron sacrificados en la pira de la barbarie y el irracionalismo más salvaje otros 16 porcunenses. ¡Cotidianidad!, el asesinato era una actitud cotidiana, diaria, sin retorno. A los pocos días, un 16 de marzo de 1940, la engrasada guadaña del matarife franquista volvía a actuar en el mismo lugar, asesinando a sangre fría a 14 personas, la mayoría oriundos de Torredonjimeno. En poco más de tres días, y casi un año después de haber finalizado la guerra, habían sido ajusticiados sin justicia alguna cerca de 30 personas en el cementerio de Jaén. ¡Sirvan como botón de muestra estos crímenes de lesa humanidad!. La victoria franquista, pese a los voceros neofascistas y demás revisionistas indocumentados, no trajo ni la paz, ni el alimento universal, ni la eliminación de la luchas de clases, y mucho menos el orden y el fin de la violencia. El argumento contrarrevolucionario con el que se justificó el golpe de estado en el verano de 1936, fue una argucia más para imponer la voluntad de un grupo privilegiado sobre la masa informe ciudadana. La militarada justificó su cuartelada en defensa del orden, contra el caos violento reinante y en defensa (que vendría después) de la fe católica. ¡El orden frente al caos, el comunismo, la masonería y la anti España!. Así, los defensores de la fe, los nuevos cruzados, siguieron y siguieron matando, provocando un caos y una violencia sin igual en la historia reciente de nuestro país. Con la victoria no llegó el orden y la paz, llegó más violencia, asesinatos, cárceles, hambre, epidemias, y el miedo, mucho miedo.

Pero volvamos a nuestro protagonista de hoy. Rafael Higuera Reina era uno de esos jóvenes de los años treinta que aprovecharon su estancia obligatoria en la milicia para reengancharse en ella, y así evitarle, de paso,  a su depauperada familia tener que alimentar otra boca más. No fue el único. Muchos jóvenes como él, al igual que hoy en día, se enrolaron en el ejército para conseguir un futuro mejor y escapar de paso de la miseria a la que son condenadas las familias de la prole. Rafael había nacido en Priego de Córdoba en 1914. Era uno de tantos que como jornalero deambulaban de un lugar a otro en busca de un jornal que le consolara el estómago. Se afincó en Porcuna, en la calle Velarde nº 5, casándose con Manuela, oriunda de estos lares, sin que dejasen descendencia.

Rafael Higuera Reina tenía 22 años cuando estalló la guerra. Se encontraba en Porcuna de permiso, sirviendo en el Regimiento nº1 de Wad-Ras, con destino en Madrid. A él se incorporó, desde la estación de Villa del Rio, el 2 de agosto de 1936, siendo asignado al 2º Batallón que comandaba Rafael Trigueros Sánchez-Rojas. En ese mes de agosto salieron en tren para Oropesa (Toledo), y de allí hasta Mesas de Ibor (Cáceres), para pasar más tarde al frente del Puente de Almaraz (Castañar de Ibor), donde estuvieron siete u ocho días restableciendo el orden quebrantado por los golpistas. Posteriormente volvería a El Escorial, con la mala fortuna de contraer una indigestión por el mal estado de la comida que afectó a todo el batallón, siendo detenidos, según él, todos los cocineros. Recuperados, salieron a los pocas jornadas para el frente de Peguerinos (Madrid), plaza que había sido ocupada por tropas marroquíes del ejército de África. Pocos días después, todavía en agosto, la población fue reconquistada para la República por las tropas que dirigía el legendario Modesto (Juan Modesto Guilloto León). En estos compases bélicos, Rafael Higuera fue herido en el pómulo izquierdo,  concediéndole  un permiso de “convaleciente” (sic) que disfrutó en Porcuna, siendo visitado en este tiempo por el médico local José Vázquez. Nos cuenta en su sumario que habló con Manuel Osuna, y le dijo que en El Escorial habían detenido a varios cocineros por una intoxicación. Recuperado de sus heridas, pocos días antes de ser “liberada” Porcuna por las tropas franquistas, regresó a su regimiento, siendo destinado al Batallón 857, de la 215 Brigada Mixta, del XX Cuerpo de Ejército Republicano, donde sirvió en los frentes de Teruel y Levante hasta el final de la guerra.

En Levante presumiblemente fue hecho prisionero tras la caída de los frentes de guerra. De allí,con toda probabilidad, fuese ingresado en un campo de concentración, hasta que fue clasificado y enviado a su localidad de acogida. A Porcuna llegó el 1º de junio de 1939, siendo el primero en recibirle el sargento de la Guardia Civil, el célebre Juan Rodríguez Rodríguez, que para nada le debió gustar que un militar profesional se mantuviese fiel a la República. Éste, aunque no firma el atestado de la detención, pero sí otros partes y documentos ese mismo día, consiguió de Rafael Higuera una confesión única y a la vez inaudita, es decir, de su puño y letra logró que firmase su autoinculpación en la comisión de cincuenta fusilamientos que supuestamente se realizaron en San Lorenzo de El Escorial en el año 1936. Además, como no eran pocos los crímenes, llegó a confesar también que había sido el jefe del pelotón de fusilamiento de otra persona más. Total: 51 asesinatos, que curiosamente coincide con los 51 agustinos fusilados en Paracuellos del Jarama por las milicias obreras. En El Escorial,según las fuentes consultadas por nosotros, no se produjo ningún asesinato por parte republicana; sí detenciones entre la comunidad religiosa, como veíamos anteriormente. Ni que decir tiene, que los supuestos crímenes cometidos por nuestro prieguense los consiguió el sargento de la Guardia Civil bajo coacción y tortura, tónica ésta última bastante común como hemos tenido ocasión de comprobar en varias entrevistas a descendientes de represaliados.


Iglesia de Jesús, antigua cárcel de posguerra
Iglesia de Jesús (Porcuna), convertida en cárcel habilitada durante la posguerra.

En el procedimiento sumarial abierto a nuestro vecino por el Juzgado Militar nº 25 de Porcuna, el mismo 20 de junio, fecha de su detención, en ningún momento consta documento alguno o relación nominal de los supuestos asesinatos cometidos en San Lorenzo de El Escorial. Tampoco aparecen los informes preceptivos de las autoridades militares, civiles y religiosas madrileñas; y menos aún declaración de testigo alguno. En suma, ningún indicio, salvo su propia autoinculpación, demostró que en el santo lugar se cometiera asesinato alguno. De hecho, en el primer informe rubricado por el alcalde de la época el 26 de junio, se dice que Rafael Higuera Reina “es desconocido en la ciudad”. Por el contrario, jornadas más tarde el Jefe Local de Falange y varios testigos ratifican los hechos contados por la Guardia Civil, sin entrar en otros detalles. Rafael fue de nuevo interrogado por el juez militar, narrandole a éste lo evidente, que él nunca participó en asesinato alguno, y que si firmó su autoinculpación fue por las coacciones y golpes propinados por la Guardia Civil en las caballerizas del cuartel. Sus testigos de descargo, el  médico José Vázquez Alonso, dice que lo “atendió clínicamente, pero que no puede opinar sobre su conducta político-social” y a Manuel Baudet López,  no se le tomó declaración, ni nadie se preocupó por buscarlo.

Sin justicia, sin ninguna garantía procesal, vejado y torturado en el cuartel de la Guardia Civil y en la Iglesia de Jesús, el soldado Rafael Higuera Reina, se personó ante tribunal militar constituido en la plaza de Porcuna un 24 de agosto de 1939. Cincuenta porcunenses, hombres y mujeres, como si del juicio final se tratase, fueron condenados aquel día en Porcuna. Presidía la pantomima judicial Antonio Escobedo Góngora, que solicitó para el procesado la pena de MUERTE por un delito de rebelión militar con agravantes y las responsabilidades políticas que correspondiesen. El 16 de octubre de 1939, el auditor de guerra en Sevilla aprobaría la sentencia.


Francisco Bohórquez Vecina, auditor de guerra en Andalucía durante la guerra y la posguerra
Francisco Bohórquez, el auditor de guerra al servicio de Queipo de Llano.

El 13 de marzo de 1940, ya en la prisión provincial de Jaén, le notificaron la sentencia a nuestro desdichado joven. Éste se negó a firmarla, como si con ello pudiese aún evitar la pena capital. Entró en Capilla a las 6,30 de la mañana para recibir los “auxilios espirituales” del cura de la prisión, el mismo que lo acompañaría a las tapias del cementerio para darle la extremaunción y confirmar su defunción.

A Manuela, su esposa, se la vio deambular por las calles de Porcuna con lágrimas en los ojos, peinaba moño atado y vestía de luto. Aunque era joven, muy joven, parecía una anciana de setenta años, los mismos que le habían arrebatado a su asesinado esposo. 


S.T.T.L

FUENTE:

- Sumario 2.851, legajo 83/3.323 Guerra Civil de Rafael Higuera Reina. Archivo del Tribunal Militar Togado Territorial Segundo de Sevilla. Consultado en junio de 2012.




Apartado de correos nº 47-23790. Porcuna (Jaén)
nombresporcuna@gmail.com


Regala un libro para escribir otro.




sábado, 10 de septiembre de 2011

Pablo Rosel Garrido


Pozo Ancho, lugar de numerosos suicidios y ¿asesinatos?

Paraje del Pozo Ancho, Porcuna

PABLO ROSEL GARRIDO



Poco, muy poco sabemos sobre Pablo Rosel Garrido. Las únicas referencias que conocemos de él nos provienen de su acta de defunción depositada en el registro civil de Porcuna. Dice así: Pablo Rosel Garrido, 22 años (nacido entonces en 1914), natural de Porcuna, provincia de Jaén, hijo de Andrés y de Manuela, domiciliado en calle Alta, nº 62, de profesión miliciano (sic). Falleció en el sitio del Pozo Ancho el día 31 de diciembre de 1936 a consecuencia de heridas por metralla. Su cadáver habrá de recibir sepultura en el cementerio de esta población (sic). La defunción se registró a las 11:50 minutos del 2 de marzo de 1937, siendo rubricadas por el juez municipal, Antonio Barranco Cobo y el secretario del juzgado, Juan Soriano Rodríguez.


Requetés poco después de la toma de Porcuna el 1 de enero de 1937. (Carrera de Jesús)

El hecho de que fuese inscrita su defunción en el registro civil de Porcuna tres meses después de su fallecimiento, no es un hecho usual en aquella época, donde el “rojerío” ni siquiera tenía ese derecho. De hecho, como miliciano, o combaiente en la defensa de Porcuna de los ataques de requetés, regulares y señoritos a caballo, solo tenemos un ejemplo más, inscrito por esas mismas fechas del que hablaremos en otra ocasión.
Sirvan, pues, estas líneas de recuerdo y homenaje para este joven que dio su vida en la defensa de Porcuna durante aquél gris mes de diciembre de 1936, cuando los requetés y los “moros”, allanado el campo por la aviación, entró a sangre y fuego en la localidad.
Fuentes:

- Registro Civil de Porcuna. 2011.
- Sánchez Tostado, Luis Miguel (2006): La Guerra Civil en Jaén. Historia de un horror inolvidable. Colección Memoria Histórica, Jaén.