LEER: Desde los que hacemos posible Todos los Nombres de Porcuna, quisiéramos pedir disculpas a todas aquellas personas que se han puesto en contacto con nosotros a través de e-mail o facebook solicitando información sobre sus familiares, y que a día de hoy no les hemos contestado. Creo que son unas 25 peticiones las que tenemos sin atender, pero es que los medios de los que disponemos son escasos y el trabajo se nos acumula.

Gracias por vuestra paciencia, y esperemos contestar a vuestras peticiones lo antes posible.


- El monumento a la intolerancia y al fascismo se renueva en Porcuna (Jaén)
- El monumento a los "Caídos" sufre una gamberrada.
- Por la retirada de nombres y símbolos franquistas de Porcuna.
- Calles relacionadas con el franquismo y su exaltación en Porcuna
- La peculiar memoria histórica en Porcuna.
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miércoles, 22 de mayo de 2013

Manuel Moraleda Peláez, muerto en el "arresto" de Porcuna.

Trozo de cráneo en el corralillo de los suicidas. Cementerio de Porcuna
Trozo de cráneo en el conocido como "Corralillo de los Suicidas". Ad latere cementerio de Porcuna. 2011



Manuel Moraleda Peláez nació en Porcuna en 1887, soltero y de profesión jornalero, hijo de Juan y Manuela, sin ningún tipo de instrucción, con domicilio en la calle Cristóbal López, 13. No perteneció a partido o sindicato alguno antes o durante la guerra. En diciembre de 1936 por miedo a la aviación rebelde huye de Porcuna y se instala en Jaén donde trabaja en labores agrícolas hasta el final de la contienda. Atrás dejaba un huerto que labraba con sus manos, según consta con cierta melancolía en el sumario.


A principios de abril de 1939 vuelve a Porcuna, al igual que miles de refugiados, siendo detenido tras la denuncia de un paisano. De Manuel se dice que frecuentaba la Casa del Pueblo, que fue miliciano con armas y que participó en saqueos y requisas, acusaciones que niega ante el teniente jurídico Amador Roldán.


Creemos que en primera instancia sería trasladado a alguno de los campos de concentración habilitados al efecto en Higuera o Santiago de Calatrava, pues su ingreso en la cárcel-habilitada de la Iglesia de Jesús no tiene fecha hasta el 3 de agosto de 1939, según consta en la documentación firmada por el jefe del presidio, el tristemente conocido Fernando Lupiáñez.


Durante el procedimiento sumarial recibe informes negativos tanto de la Guardia Civil, como de la Alcaldía y la Jefatura de Falange, así como de varios testigos afines a la llamada “causa nacional”. El 17 de septiembre de ese mes se dicta auto de procesamiento y se le acusa de un delito de “alzamiento en armas y otros” o lo que es lo mismo, aquellos que se levantaron contra el poder legítimo del pueblo, son ahora los acusadores y sodomitas. Interrogado ese mismo día, lo único que admite es que visitó en varias ocasiones la Casa del Pueblo, negando el resto de las acusaciones. Como testigo de descargo fue interrogado Manuel Herrador Delgado, jornalero de 33 años, quien más por miedo que por convencimiento, dijo no conocer a nuestro desdichado protagonista de hoy.


La instrucción de la causa finalizó el 24 de septiembre de 1939. Pocos días después, un 6 de octubre, esperando su traslado a la prisión provincial, fallecía en extrañas circunstancias en la prisión de Porcuna, suponemos que en la Torre Nueva o en alguno de los habitáculos decorados para la ocasión por los falangistas. Su partida de defunción establece como causa de la muerte la  “asistolia”, eufemismo que podría esconder distintas formas de tortura y las interminables palizas ampliamente documentadas por nosotros en estos presidios (véase el caso de Juan Cámaras del Moral o Juan de Mata Cespedosa del Pino).


Su muerte significó desde el punto de vista burocrático el sobreseimiento de la causa y  la impunidad del nuevo crimen. Manuel Moraleda Peláez no fue un significado izquierdista o republicano, fue una jornalero más en una España durísima y curtida. La felonía y el regusto por la violencia y el maltrato físico de posguerra lo llevó a la muerte. Su cuerpo, según la partida de defunción, yace sin nombre en el cementerio municipal de Porcuna, presuntamente en alguna de las fosas comunes que se abrieron en el mes de septiembre anterior, y que por suerte han quedado documentadas, aunque eso es otra historia.


Descanse en paz Manuel.


FUENTE:


- Partida de defunción de Manuel Moraleda Peláez. Registro Civil de Porcuna (Jaén).
- Proceso sumarísimo y de urgencia 40.654, legajo 57 nº 2.308 contra Manuel Moraleda Peláez. Archivo Histórico Militar del Tribunal Territorial Segundo de Sevilla. Consultado en 2013.

 Los mitos del 18 de julio

viernes, 7 de septiembre de 2012

Porcuna: la tragedia de la Iglesia de Jesús y el consejo de guerra del 24 de agosto de 1939. II Parte.

Torre Nueva, cárcel de posguerra
Torre Nueva, presidio durante la posguerra
La Iglesia de Jesús no fue el único presidio habilitado de Porcuna. La Torre Nueva, que había jugado un papel estratégico durante la guerra, volvería a ser cárcel. En sus dos plantas se repartían varios habitáculos a modo de celdas, y a ellas fueron a parar aquellos presos que recibirían un tratamiento especial antes de ingresar en la ermita. Muchos de los que visitan hoy en día el Museo Arqueológico de Obulco, es decir, la Torre Nueva,  se llevan una imagen romántica y legendaria de la misma. De hecho, esta Torre fue bautizada por los eruditos y románticos como de “Boabdil”, pues allí estuvo preso el último rey nazarí. Incluso, los más crédulos, cuando ven las cadenas argolladas al muro, aún piensan que esas debieron ser las ataduras del Rey Chico. Por el contrario, nadie sospecha, porque nadie se lo ha explicado, que en aquella Torre calatrava, en la que nunca estuvo el hijo de Aixa, fueron maltratados y torturados docenas de hombres en la posguerra. Varios fueron los casos de muertes violentas y suicidios los que se produjeron en aquél lugar. Juan Cámaras del Moral se suicidaría arrojándose por una ventana huyendo de sus torturadores o incitado por ellos; y, Juan de Mata Cespedosa del Pino, apodado “Trepaollas”, subjefe la policía municipal con el Frente Popular, fue brutalmente torturado, y finalmente asesinado un 14 de octubre de 1940, aunque en su partida de defunción sólo aparezca un lacónico “muerte por asfixia”. El suicidio es un fenómeno anómalo de la posguerra que en Porcuna tiene unos niveles altísimos. Aunque es difícil de dilucidar sus causas, muchos fueron sin duda, producto de la represión y las torturas. Pozos, cortijadas, caminos e incluso arroyos fueron los lugares preferibles de los suicidas. Los malos tratos, los tormentos o la inducción al sucidio no fueron los únicos. Las víctimas encarceladas también sufrieron los martirios psicológicos. Así, por ejemplo, Bernardino del Pino Torres, primer bibliotecario que hubo en Porcuna en 1934, fue detenido el 29 de abril de 1939. Tras pasar por las caballerizas del cuartel de la Guardia Civil, donde fue golpeado salvajemente por el sargento, fue encerrado en la Torre. Allí, desde sus ventanucos, pese a sus súplicas, impotente y enojado, tuvo que contemplar el tránsito de la “caja de la caridad” en dos ocasiones: una el dos y la siguiente, el siete de mayo de 1939. En ellas iban sus hijos Luis y Ramón, de 6 y 5 años de edad respectivamente. A Bernardino no lo dejaron asistir al entierro de sus propios hijos. Aquello le marcaría de por vida.

Bernardino del Pino Torres, en una fotografía de los años 50
Bernardino del Pino Torres, en una fotografía de los años 50.

Pues bien, por estos presidios habilitados, improvisados e inmundos pasaron 244 vecinos de Porcuna, según se desprende de la relación de reclusos que recientemente hemos localizado en el Archivo Histórico de Porcuna, y que pronto haremos público para conocimiento general.

Juan de Mata Cespedosa del Pino

En la Porcuna de posguerra terminar preso en la Iglesia de Jesús era bastante sencillo. Solo hacía falta una denuncia verbal de alguno de los sabuesos que rondaban la sede Falange, el Ayuntamiento o el cuartelillo de la benemérita. De hecho, no son más de 25 los denunciantes en los cerca de 300 expedientes consultados por nosotros en el Archivo Histórico Militar de Sevilla. Algunos de ellos habían estado presos con los “rojos” y otros, sin estarlo, habían perdido a algún familiar durante la contienda. No faltaron las rencillas personales, las delaciones por deudas económicas o el desaire a la competencia profesional. Aún así, el principal móvil que indujo a la denuncia fue la venganza, una venganza que no tuvo límites, que se sirvió fría, y que en los primeros meses de posguerra tiene nombre propio, Víctor Funes Pineda, médico titular desde 1909 en Porcuna, terrateniente e industrial, conocido como el “Sr. Muerto”, que ejerció como Delegado Local de Información e Investigación de FET y de las JONS desde los meses de abril a septiembre de 1939.

Continuará ....